Después de un tiempo de sequía, un jurado benevolente vuelve a confiar en mis historias. En este caso, en Camuñas (Toledo).Esta noche tendría que ir a recibir el premio en un recital que se organiza al efecto, pero lo tarde de la hora, la distancia y las obligaciones laborales, me impiden hacerlo. Así que no me queda otra cosa que, en vez de salir yo haciendo el paripé en un estrado, colgar una foto robada a la red de los danzantes y pecados que protagoniza las fiestas del Corpus de esta localidad.
Y para quien le apetezca, aquí va el relato
El Grifo
Me encontré al anciano sentado en una de las sillas de la cocina. Agarraba su bastón con manos trémulas, como si la empuñadura ardiera o le ocasionara pequeñas descargas eléctricas. A su lado, sobre las baldosas de barro cocido, descansaba una maleta de piel cuarteada.
No me gustaba hacer aquello. Es más, se me contraía el pecho y con él el espíritu. Pero no tenía otra salida, aquellos trances formaban parte del trabajo de psicólogo y eran competencia del equipo de asistencia social que dirigía.
Llegamos en la ambulancia a la hora estipulada. En la puerta del domicilio del anciano aguardaban un buen número de vecinos del pueblo. Ya habíamos estado en otras ocasiones, pero en ninguna se levantó tanta expectación como en esta última. Siempre hay un fin para todo, y en el caso de nuestro servicio itinerante ése era el traslado del asistido a la residencia. Las leyes del tiempo mandan sobre todas las demás, y, Fernando, el anciano de estructura herrumbrosa que esperaba sentado en una de las sillas de la cocina, ya no podía valerse por sí solo. Su tiempo en aquella casa había concluido.
―Entonces… nos tenemos que ir ―dijo con voz pesarosa.
―Sí, Fernando ―admití―. No se apure, ya verá como va a estar muy bien.
―No sé ―repuso, al tiempo que negaba con la cabeza―. Allí no hay más que viejos.
La lógica aplastante del anciano me aconsejó guardar silencio. A pesar de haber oído la frase decenas de veces, nunca conseguí encontrarle réplica. Fernando tenía razón: en el lugar al que iba sólo era posible encontrar viejos rugosos y cansados. No existen los argumentos atenuantes para el hecho de sustituir la casa propia por un geriátrico. Tampoco los tenía para pedirle que se identificara con su imagen reflejada en el espejo, porque, exceptuando a los niños, nadie se siente tan mayor como lo que le indica su propia piel, y esta sensación se incrementa exponencialmente con el transcurso de los años. Al cabo, lo cogí de un brazo y dije:
―Vamos, le ayudo a levantarse.
Salimos a la puerta de la casa y le entregué la maleta al conductor de la ambulancia. Éste abrió las puertas traseras, se metió dentro y la cambió por una silla de ruedas. Acto seguido hizo descender la plataforma en la que subiríamos a Fernando, quien detuvo el paso consciente de la inminente partida.
―¿Podría pedirle a este señor que esperara un momento?―preguntó entonces.
―Nos tenemos que marchar ya: aún tenemos que ver a más gente ―aduje. No quería que la situación, desagradable de por si, se dilatara de manera innecesaria.
El anciano se quitó la boina y la arrugó en una mano. Rescatando los ojos de una sepultura de pliegues, me miró implorante y dijo:
―Me gustaría echar un último vistazo a la casa. Sólo será un minuto.
Un sofá desvencijado, dos sillas de enea, una mesa camilla y una estantería de pared cubierta de polvo. Ése era todo el mobiliario del salón, al que había que sumar la mesita que servía de soporte a un viejo aparato de televisión. Fernando, sin cruzar el umbral de la puerta, me señaló una ventana.
―En aquella ventana me veía con Antonia ―dijo―. Cuando sus padres ya estaban acostados.
La revelación me hizo exhalar un suspiro de resignación: el anciano parecía dispuesto a acompañar su recorrido por las estancias de la casa con retales de su vida. Tuve que armarme de paciencia y asumir que si había aceptado aquel paseo era con todas sus consecuencias. Decidí seguirle el juego por educación y pregunté:
―Entonces… ¿esta casa es de su mujer? No me diga que fue llegar y…
―…besar el santo ―completó él―. Mi primer y único amor. Venga conmigo, que le voy a enseñar una fotografía de ella.
Más que seguirle, lo que hice fue conducirlo yo. Aun ayudado del bastón, el anciano caminaba con mucha dificultad. Al llegar a su dormitorio, posé la vista en el cuadro que colgaba encima del cabecero metálico de la cama de matrimonio. En él se podía ver a Fernando y a Antonia saliendo de la Iglesia el día de su boda.
―Cuando faltó casi me vuelvo loco ―dijo con voz ahogada.
La unidad posee un archivo con el historial de cada una de las personas a las que presta asistencia, por lo que estaba al corriente tanto de la viudez del anciano como de su inexistente prole. Los conceptos como “estado civil” o “descendencia” escritos así, en el papel, no son más que tinta impresa. Oírles el alma, como yo acababa de hacer con el desamparo de Fernando, sobrecogía. Tanto que sentí cierto alivio cuando éste me soltó del brazo y se dirigió hasta un armario que abrió.
―Aquí están todos sus vestidos ―fue pasándolos con la mano uno a uno.
El repaso a la casa terminó en la cocina, donde lo había encontrado. Colgó el bastón del respaldo de una de las sillas y estuvo tocando los fogones como si fueran de terciopelo. “Qué guisos hacías, Antonia”, le oí murmurar. Luego fue hacia el fregadero y se colocó de espaldas a mí. Estuvo manoseando el caño y los mandos del grifo de latón con la cabeza descolgada sobre el pecho. Pensé que se había puesto a llorar. Sin embargo, de inmediato se giró y, con mucha entereza, dijo:
―Es hora de irse.
El conductor accionó el mecanismo que hacía subir la plataforma, para luego saltar dentro de la ambulancia y asegurar la silla de ruedas en la que viajaría el anciano. Ya cerraba las puertas traseras, cuando Fernando dio un grito:
―¡El bastón! ¡Me he dejado el bastón!
Me desabroché el cinturón y, antes de abandonar el asiento del copiloto donde ya me había acomodado, anuncié en voz alta para que el anciano y el conductor me oyeran: “Ya voy yo”.
Encontré el bastón donde lo dejaron, colgado de una silla. No sé qué pudo ocurrirme, pero al sentir su tacto cálido y suave mi prisa se paralizó, como si la madera me hubiera transmitido todo el agotamiento y pesadumbre de su dueño. Comprendí entonces que una casa resume muy bien una vida, y aquellas vetustas cuatro paredes soportaban la del anciano que le acabábamos de extirpar. Las vivencias son tan efímeras como el momento que duran, luego se transforman en recuerdos depositados en objetos o en olvidos escondidos por los rincones. La ventana, la fotografía de la boda, los vestidos, los fogones… Esos eran los recuerdos que a Fernando no le cabían en la maleta. Incluso el grifo de latón, al que me aproximé sin saber muy bien la razón que me empujaba a ello.
Giré una de las llaves pero salió nada. Probé con la del agua fría pensando que quizás la compañía había cortado ya el suministro. Al abrirla por completo, las cañerías emprendieron un ronco y prolongado gemir. Al cabo, brotó el agua. Puse la mano en forma de cuenco y bebí un poco, notándola ligeramente salada. Lo creí entonces y lo creo ahora que Fernando ha muerto. Aquel día el grifo de su cocina vertió lágrimas, las suyas. Por eso no lloró cuando nos lo llevamos: prefirió que se quedaran allí, en la casa, junto a sus cosas y sus recuerdos.

8 comentarios:
Me ha gustado mucho el cuento y no me extraña que te lo hayan premiado, aunque la verdad es que casi me pegan más a mi que a tí estos temas.
Sin embargo, ahora que te voy conociendo me doy cuenta de lo inteligente que eres al guardarte tu característica vena canalla, que creo que es la que finalmente te va a hacer famoso. Yo apuesto más por el estilo irreverente que se te da tan bien, cuando te lances a la novela espero que lo explotes.
Ana
Tal vez tengas razón, estos temas y estilos edulcorados no acaban de convencerme. Como tú dices "mi vena canalla" está ahí latente, lo que pasa es que no termino de verla ordenada en el papel sin que parezca un vómito. Tiempo al tiempo.
Estoy de acuerdo con Ana en esa parte de tí, díscola, que estruja la vida sin pedirle permiso, pero este relato me ha emocionado mucho, te has paseado por el alma del protagonista como te ha dado la gana. Felicidades, no abandones nunca ninguna de las dos caras de tus palabras,pronto darán que hablar, ya lo verás. Pepi.
El relato está muy bien pensado y elaborado. Enhorabuena por tu premio número...
Lo bueno de un escritor, creo yo, es probar distintos estilos. Creo saber cual es el tuyo personal y es el que debes sacar al "exterior de nuestros estudios", pero está bien probar otras formas de escribir.
Un saludo
Nieves.
Enhorabuena por tu premio, Miguel Angel.
Sospecho que la vena irreverente de la que hablan las chicas no tiene muchas posibilidades en los concursos, aunque no creo que por eso la abandones. No debes hacerlo.
Jose Arístides.
Me gusta, es muy humano, aunque nos tienes acostumbrados al estilo
"canalla", como tú dices. Pero te mueves muy bien en este. No dejes de lado ninguno de los dos. Eres bueno chico.
Alicia.
Soy Miguel, el que te "robó" el primer premio de la IV edición de Mondariz-Balneario. Acabo de descubrir este blog, y me alegro mucho no sólo de tus muchos, y seguro que merecidos, premios sino también de publicarlos en el blog. He leído "El grifo" y me ha gustado mucho. Yo sigo escribiendo, pero no los publico. Seguiré entrando en Derrames del Lóbulo Frontal. Un afectuoso saludo.
miguel
Hola Miguel,
¡Qué sorpresa! Me alegra que me hayas encontrado y que sigas escribiendo, por supuesto. Todavía me acuerdo del fantasma de Ramiro y de aquella cena. Saluda a tu madre de nuestra parte. ¿Seguro que no tienes nada publicado o que te hayan publicado en algún concurso o algo? Me gustaría leerte. Si buscas en google todavía das con tu cuento de mondariz.
Un abrazo
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