
Os adelanto uno de los relatos que aparecerán en el libro "El Llanto de la vieja Hilda y otros relatos"
LA CÁMARA FOTOGRÁFICA
Ya me lo advirtió el dueño de la tienda. «Esta cámara no necesita carrete, ni revelado ni papel fotográfico», dijo. No puedo negar que tal afirmación me extrañara un poco, pero como nunca había poseído una de aquellas máquinas y era un profano en lo que al arte de la fotografía se refiere, no le di más importancia.
Nos colocamos toda la familia frente al espejo. Marisa, mi mujer, se sentó sobre una de las sillas tapizadas del salón. Sostenía al pequeño Nicolás entre los brazos. Mi única hija, Anita, lo hizo en el suelo. Hubo que esperarla un buen rato, hasta que decidió que sería el vestido beige el que mejor le sentara. Siempre tan coqueta, tan luminosa. Javier no paró de moverse y poner caras. El mayor, Ricardo, se situó de pie detrás de todos ellos, junto a mí. «Veréis que retrato más original», dije. Apunté el objetivo de la cámara a nuestra imagen reflejada en el espejo y disparé. Después de sonar el clic, una luz cegadora lo inundó todo. Nunca algo tan blanco me hizo ver todo tan negro.
Poco a poco retornaron mis pupilas al tamaño que aconsejaba la iluminación ambiente, lo hacían después de haberse dilatado hasta el extremo de comerse su propio iris. Fue entonces cuando, dentro de las paredes internas de mi cráneo, rebotaron las palabras. «Esta cámara no necesita carrete, ni revelado ni papel fotográfico». Aturdido, comprobé cuán cierto era. En el espejo, sobre la superficie acristalada, todos los miembros de mi familia, todos excepto yo mismo, que miraba hacia abajo apretando el disparador de la máquina, posaban inmóviles con la vista fija al frente. Pero, al contrario de lo que cabría suponer, el reflejo no observaba al natural. No, no podía hacerlo, por la sencilla razón de que fuera del espejo no había nadie. Nadie, ni mi mujer ni mis cuatro hijos. Solo yo, con el semblante descompuesto por un desasosiego punzante y turbador.
Un temblor creciente me ablandó piernas y manos. La cámara se me escurrió de entre los dedos, como si los tuviera embadurnados de vaselina. El choque contra el suelo produjo un gran estrépito. Decenas de trozos saltaron anárquicamente y se esparcieron por todo el hall, huyendo algunos por las puertas abiertas a las habitaciones contiguas. La máquina y su mecanismo eran ya una escombrera de imposible reconstrucción.
Desde los pedazos de mi cámara fotográfica, levanté despacio la vista hacia la imagen del espejo. La lastraba el miedo, el temor a que todo aquello no fuera una alucinación, una invención de mi retina deslumbrada por la acción del flash. Falsa esperanza la mía. Al completar el recorrido, mis ojos se posaron en ellos: en Marisa, mi mujer, y en mis cuatro hijos. Allí permanecían, estáticos, atrapados. Me miraban con fijeza, penetrantes, como gritando: «¡Padre, qué nos has hecho!».
Ya me lo advirtió el dueño de la tienda. «Esta cámara no necesita carrete, ni revelado ni papel fotográfico», dijo. No puedo negar que tal afirmación me extrañara un poco, pero como nunca había poseído una de aquellas máquinas y era un profano en lo que al arte de la fotografía se refiere, no le di más importancia.
Nos colocamos toda la familia frente al espejo. Marisa, mi mujer, se sentó sobre una de las sillas tapizadas del salón. Sostenía al pequeño Nicolás entre los brazos. Mi única hija, Anita, lo hizo en el suelo. Hubo que esperarla un buen rato, hasta que decidió que sería el vestido beige el que mejor le sentara. Siempre tan coqueta, tan luminosa. Javier no paró de moverse y poner caras. El mayor, Ricardo, se situó de pie detrás de todos ellos, junto a mí. «Veréis que retrato más original», dije. Apunté el objetivo de la cámara a nuestra imagen reflejada en el espejo y disparé. Después de sonar el clic, una luz cegadora lo inundó todo. Nunca algo tan blanco me hizo ver todo tan negro.
Poco a poco retornaron mis pupilas al tamaño que aconsejaba la iluminación ambiente, lo hacían después de haberse dilatado hasta el extremo de comerse su propio iris. Fue entonces cuando, dentro de las paredes internas de mi cráneo, rebotaron las palabras. «Esta cámara no necesita carrete, ni revelado ni papel fotográfico». Aturdido, comprobé cuán cierto era. En el espejo, sobre la superficie acristalada, todos los miembros de mi familia, todos excepto yo mismo, que miraba hacia abajo apretando el disparador de la máquina, posaban inmóviles con la vista fija al frente. Pero, al contrario de lo que cabría suponer, el reflejo no observaba al natural. No, no podía hacerlo, por la sencilla razón de que fuera del espejo no había nadie. Nadie, ni mi mujer ni mis cuatro hijos. Solo yo, con el semblante descompuesto por un desasosiego punzante y turbador.
Un temblor creciente me ablandó piernas y manos. La cámara se me escurrió de entre los dedos, como si los tuviera embadurnados de vaselina. El choque contra el suelo produjo un gran estrépito. Decenas de trozos saltaron anárquicamente y se esparcieron por todo el hall, huyendo algunos por las puertas abiertas a las habitaciones contiguas. La máquina y su mecanismo eran ya una escombrera de imposible reconstrucción.
Desde los pedazos de mi cámara fotográfica, levanté despacio la vista hacia la imagen del espejo. La lastraba el miedo, el temor a que todo aquello no fuera una alucinación, una invención de mi retina deslumbrada por la acción del flash. Falsa esperanza la mía. Al completar el recorrido, mis ojos se posaron en ellos: en Marisa, mi mujer, y en mis cuatro hijos. Allí permanecían, estáticos, atrapados. Me miraban con fijeza, penetrantes, como gritando: «¡Padre, qué nos has hecho!».

1 comentarios:
GEnial, es muy prometedor
Publicar un comentario en la entrada