jueves 11 de junio de 2009

EL GRIFO (2º Premio del XV Concurso Literario "Corpus Christi" Camuñas 2009

Después de un tiempo de sequía, un jurado benevolente vuelve a confiar en mis historias. En este caso, en Camuñas (Toledo).
Esta noche tendría que ir a recibir el premio en un recital que se organiza al efecto, pero lo tarde de la hora, la distancia y las obligaciones laborales, me impiden hacerlo. Así que no me queda otra cosa que, en vez de salir yo haciendo el paripé en un estrado, colgar una foto robada a la red de los danzantes y pecados que protagoniza las fiestas del Corpus de esta localidad.

Y para quien le apetezca, aquí va el relato




El Grifo


Me encontré al anciano sentado en una de las sillas de la cocina. Agarraba su bastón con manos trémulas, como si la empuñadura ardiera o le ocasionara pequeñas descargas eléctricas. A su lado, sobre las baldosas de barro cocido, descansaba una maleta de piel cuarteada.
No me gustaba hacer aquello. Es más, se me contraía el pecho y con él el espíritu. Pero no tenía otra salida, aquellos trances formaban parte del trabajo de psicólogo y eran competencia del equipo de asistencia social que dirigía.
Llegamos en la ambulancia a la hora estipulada. En la puerta del domicilio del anciano aguardaban un buen número de vecinos del pueblo. Ya habíamos estado en otras ocasiones, pero en ninguna se levantó tanta expectación como en esta última. Siempre hay un fin para todo, y en el caso de nuestro servicio itinerante ése era el traslado del asistido a la residencia. Las leyes del tiempo mandan sobre todas las demás, y, Fernando, el anciano de estructura herrumbrosa que esperaba sentado en una de las sillas de la cocina, ya no podía valerse por sí solo. Su tiempo en aquella casa había concluido.
―Entonces… nos tenemos que ir ―dijo con voz pesarosa.
―Sí, Fernando ―admití―. No se apure, ya verá como va a estar muy bien.
―No sé ―repuso, al tiempo que negaba con la cabeza―. Allí no hay más que viejos.
La lógica aplastante del anciano me aconsejó guardar silencio. A pesar de haber oído la frase decenas de veces, nunca conseguí encontrarle réplica. Fernando tenía razón: en el lugar al que iba sólo era posible encontrar viejos rugosos y cansados. No existen los argumentos atenuantes para el hecho de sustituir la casa propia por un geriátrico. Tampoco los tenía para pedirle que se identificara con su imagen reflejada en el espejo, porque, exceptuando a los niños, nadie se siente tan mayor como lo que le indica su propia piel, y esta sensación se incrementa exponencialmente con el transcurso de los años. Al cabo, lo cogí de un brazo y dije:
―Vamos, le ayudo a levantarse.
Salimos a la puerta de la casa y le entregué la maleta al conductor de la ambulancia. Éste abrió las puertas traseras, se metió dentro y la cambió por una silla de ruedas. Acto seguido hizo descender la plataforma en la que subiríamos a Fernando, quien detuvo el paso consciente de la inminente partida.
―¿Podría pedirle a este señor que esperara un momento?―preguntó entonces.
―Nos tenemos que marchar ya: aún tenemos que ver a más gente ―aduje. No quería que la situación, desagradable de por si, se dilatara de manera innecesaria.
El anciano se quitó la boina y la arrugó en una mano. Rescatando los ojos de una sepultura de pliegues, me miró implorante y dijo:
―Me gustaría echar un último vistazo a la casa. Sólo será un minuto.
Un sofá desvencijado, dos sillas de enea, una mesa camilla y una estantería de pared cubierta de polvo. Ése era todo el mobiliario del salón, al que había que sumar la mesita que servía de soporte a un viejo aparato de televisión. Fernando, sin cruzar el umbral de la puerta, me señaló una ventana.
―En aquella ventana me veía con Antonia ―dijo―. Cuando sus padres ya estaban acostados.
La revelación me hizo exhalar un suspiro de resignación: el anciano parecía dispuesto a acompañar su recorrido por las estancias de la casa con retales de su vida. Tuve que armarme de paciencia y asumir que si había aceptado aquel paseo era con todas sus consecuencias. Decidí seguirle el juego por educación y pregunté:
―Entonces… ¿esta casa es de su mujer? No me diga que fue llegar y…
―…besar el santo ―completó él―. Mi primer y único amor. Venga conmigo, que le voy a enseñar una fotografía de ella.
Más que seguirle, lo que hice fue conducirlo yo. Aun ayudado del bastón, el anciano caminaba con mucha dificultad. Al llegar a su dormitorio, posé la vista en el cuadro que colgaba encima del cabecero metálico de la cama de matrimonio. En él se podía ver a Fernando y a Antonia saliendo de la Iglesia el día de su boda.
―Cuando faltó casi me vuelvo loco ―dijo con voz ahogada.
La unidad posee un archivo con el historial de cada una de las personas a las que presta asistencia, por lo que estaba al corriente tanto de la viudez del anciano como de su inexistente prole. Los conceptos como “estado civil” o “descendencia” escritos así, en el papel, no son más que tinta impresa. Oírles el alma, como yo acababa de hacer con el desamparo de Fernando, sobrecogía. Tanto que sentí cierto alivio cuando éste me soltó del brazo y se dirigió hasta un armario que abrió.
―Aquí están todos sus vestidos ―fue pasándolos con la mano uno a uno.
El repaso a la casa terminó en la cocina, donde lo había encontrado. Colgó el bastón del respaldo de una de las sillas y estuvo tocando los fogones como si fueran de terciopelo. “Qué guisos hacías, Antonia”, le oí murmurar. Luego fue hacia el fregadero y se colocó de espaldas a mí. Estuvo manoseando el caño y los mandos del grifo de latón con la cabeza descolgada sobre el pecho. Pensé que se había puesto a llorar. Sin embargo, de inmediato se giró y, con mucha entereza, dijo:
―Es hora de irse.
El conductor accionó el mecanismo que hacía subir la plataforma, para luego saltar dentro de la ambulancia y asegurar la silla de ruedas en la que viajaría el anciano. Ya cerraba las puertas traseras, cuando Fernando dio un grito:
―¡El bastón! ¡Me he dejado el bastón!
Me desabroché el cinturón y, antes de abandonar el asiento del copiloto donde ya me había acomodado, anuncié en voz alta para que el anciano y el conductor me oyeran: “Ya voy yo”.
Encontré el bastón donde lo dejaron, colgado de una silla. No sé qué pudo ocurrirme, pero al sentir su tacto cálido y suave mi prisa se paralizó, como si la madera me hubiera transmitido todo el agotamiento y pesadumbre de su dueño. Comprendí entonces que una casa resume muy bien una vida, y aquellas vetustas cuatro paredes soportaban la del anciano que le acabábamos de extirpar. Las vivencias son tan efímeras como el momento que duran, luego se transforman en recuerdos depositados en objetos o en olvidos escondidos por los rincones. La ventana, la fotografía de la boda, los vestidos, los fogones… Esos eran los recuerdos que a Fernando no le cabían en la maleta. Incluso el grifo de latón, al que me aproximé sin saber muy bien la razón que me empujaba a ello.
Giré una de las llaves pero salió nada. Probé con la del agua fría pensando que quizás la compañía había cortado ya el suministro. Al abrirla por completo, las cañerías emprendieron un ronco y prolongado gemir. Al cabo, brotó el agua. Puse la mano en forma de cuenco y bebí un poco, notándola ligeramente salada. Lo creí entonces y lo creo ahora que Fernando ha muerto. Aquel día el grifo de su cocina vertió lágrimas, las suyas. Por eso no lloró cuando nos lo llevamos: prefirió que se quedaran allí, en la casa, junto a sus cosas y sus recuerdos.

lunes 8 de junio de 2009

AC/DC


Nunca había estado en un concierto de AC/DC, siempre me incliné más hacia el punk. Mal hecho. Por suerte, el viernes salí de mi error y pude acudir al Vicente Calderón con otros 60.000 chalados más. Por que eso es lo que éramos, dudo mucho que en la guerra pudiera haber más gente. Parecíamos bandadas de estorninos moviéndonos como un solo cuerpo en busca de un sitio y un litro de cerveza. Cuando los de preferencia saltaron al campo de fútbol al grito de "a la de tres", como hordas de soldados en estampida, creía que aquello iba a acabar peor que lo de Heysel. Por suerte no ocurrió nada, ni siquiera cuando todo el estadio se puso a botar con el mítico "Highway to Hell".
Las crónicas las dejaremos para los expertos, si queréis leer una, no téneis más que pinchar en el título del post.
Por mi parte, sólo puedo decir, como neófito que era, que el espectáculo (fuegos artificiales, columnas de humo y confeti y pantallas gigantes) fue memorable, la música atronadora y el personal disfrutó de lo lindo. Los de Angus todavía se lo saben hacer. Para los que disfrutamos de los conciertos en vivo, poco más podíamos pedir, quizás estar una miaja más cerca.

Sorolla



El sábado día 6 estuve en el Prado con el fin de visitar la exposición antológica dedicada a Sorolla. Si pincháis el título del post, los mismos comisarios de la exposición os la explicarán. Yo no tengo capacidad para relatar lo que allí vi: Sorolla no es sólo un maestro de la luz, es mucho más.
El cuadro qué más me impresionó fue éste: "Otra Margarita", en referencia al Fausto de Goethe, donde la protagonista, Margarita, mata a su hijo.


Joaquín Sorolla (1863-1923) es la primera gran exposición antológica que el Prado dedica a este gran maestro del siglo XIX y la más importante celebrada tanto dentro como fuera de España, donde no ha habido ninguna exposición de estas características e importancia aunque sí otra gran muestra monográfica de carácter antológico que se celebró en 1963 en las salas del Casón del Buen Retiro, organizada entonces por el Ministerio de Educación y Ciencia. La exposición muestra por primera vez más de un centenar de pinturas de Sorolla, el pintor español de mayor proyección internacional de su tiempo y una de las figuras capitales de la historia del arte española, en un ambicioso recorrido sobre lo mejor de su producción que incluye los catorce paneles de la Visión de España pintados para la Hispanic Society of America traídos a España en el año 2007, por Bancaja, entidad patrocinadora de la muestra.Además de la colaboración de numerosas colecciones privadas e instituciones de todo el mundo, especial agradecimiento merece la contribución del Museo Sorolla (Madrid) que aporta a la exposición un conjunto de catorce obras entre las que se incluyen varias de las más destacadas obras maestras del artista.

El recorrido de la exposición, fundamentalmente cronológico, se estructura en varios ámbitos que ponen de relieve la importancia que adquirieron las distintas temáticas en cada período de la carrera del artista. Por ejemplo, en un espacio se reunen los cuadros de pintura social que le dieron su primera fama en las últimas décadas del siglo XIX. A continuación, un amplio conjunto de retratos y un desnudo ponen de manifiesto la profunda influencia de Velázquez en sus composiciones durante los primeros años del siglo XX. En otro ámbito se exhiben sus mejores escenas de playa, pintadas en 1908 y 1909. Debido a su particular significación y gran formato, los catorce paneles de las Visiones de España pintados para la Hispanic Society of America ocupan una sala completa de las cuatro en las que se presenta la exposición. Este espectacular conjunto constituye el más fastuoso proyecto decorativo de la fecundísima carrera Sorolla, además del verdadero epílogo y síntesis de toda su producción. La muestra concluye con la pintura de paisaje.

Juan Muñoz


En el Reina Sofía de Madrid hay actualmente una retrospectiva del escultor, ya desaparecido, Juan Muñoz. Aprovechando una visita relámpago a Madrid, la he visitado. Su serie de figuras de asiáticos (unos 100 en una habitación), todos sonrientes y con distintas posturas, me parece sencillamente genial.

La exposición que el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía dedica a Juan Muñoz (Madrid, 1953-Ibiza, 2001) es la retrospectiva más completa realizada hasta el momento sobre el artista. La muestra se compone de más de cien obras, algunas de las cuales se exhiben por primera vez. Numerosas esculturas, dibujos, escritos, obras sonoras y piezas radiofónicas ocupan diversas salas, el Jardín Sabatini, y sorprenden al espectador por otros espacios del museo, como escaleras, pasillos y la terraza sobre este jardín.
Juan Muñoz es un referente en la renovación de la escultura contemporánea internacional. Los dieciséis años que median desde 1984, fecha de su primera exposición individual, hasta 2001 en que realiza su última obra, le permiten crear un corpus artístico de una excepcional narratividad. En su obra existe una gran tensión entre los espacios irreales y los tangibles, con referencias al mundo de la magia, la ilusión y el teatro. Sus figuras, entre las que se encuentran acróbatas, enanos, bailarinas y personajes orientales, poseen una presencia física extraordinaria y en ellas el silencio y la soledad adquieren un especial protagonismo. La incomunicación es un elemento recurrente en su creación artística, como en su serie emblemática ‘Escenas de conversación’. En ella, diversas figuras humanas con base esférica interaccionan entre sí.
Juan Muñoz recibe en 2000 el Premio Nacional de Artes Plásticas. En junio de 2001 es el primer artista español que exhibe su obra en la Sala de las Turbinas de la Tate Modern de Londres. Double Bind (Doble vínculo, 2001) fue la obra expuesta y su última creación, considerada además su obra cumbre. En ella profundiza en la idea de que ‘la obra es tanto la solución como su búsqueda’. Juan Muñoz moría dos meses después en la cima de su carrera a los 48 años, poco antes de inaugurarse su retrospectiva en el Hirshhorn Museum de Washington.

miércoles 11 de marzo de 2009

1er Premio de Relato Corto ambientado en la Sierra Morena Cordobesa

Otra buena noticia: un premio más. En este caso se trata del I Premio de Relato Corto ambientado en la Sierra Morena Cordobesa. El certamen ha sido organizado por la Asociación para el desarollo de la Sierra Morena Cordobesa, con sede en Cerro Muriano (Córdoba).

El premio: un buen pellizco que servirá para sufragarme un próximo viaje.


El relato: El encuentro de Epora. Se trata de una historia ambientada en época romana en Epora (como se conocía antes a Montoro). Más abajo tenéis la entrada con el texto, así como a la derecha en el índice de relatos.