miércoles 10 de febrero de 2010

Presentación del libro "Segundas Intenciones"



El club de Escritura "La Biblioteca" presentará el próximo viernes día 19 de Febrero su segundo libro "Segundas Intenciones", donde ser recogen 15 relatos de otros tantos miembros del citado club. El lugar será el salón de actos de la Biblioteca Pública del Estado de Albacete, sito en la C/ San José de Calasanz. Ni que decir tiene que estáis todos invitados.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Aupa Lumbreiras




Este año hemos vuelto a Tobarra, al Aupa Lumbreiras. Sólo un día, el que tenía mejor cartel. Para todo ya no hay ni tiempo ni cuerpo. Pero fue más que suficiente.
Para empezar, Encarni, Maxi y yo, estuvimos viendo a los Piperrak (renacidos después de años y años de ausencia). Luego llegaron los Parabellum (aquí hubo cierta desbandada, debido en parte a que el grupo surgió a finales de los ochenta, cuando todavía no habían nacido muchos de los asistentes. Además siempre fue un grupo minoritario y reducido al ámbito vasco). Estuvimos muy anchos y muy a gusto. Luego cayó agua a manta.
Refugiados bajo la carpa de la barra, esperamos una hora a que se reanudaran los conciertos. Les tocaba a los Boikot. A mitad, salimos a comernos un bocata fuera del recinto. Y ahí llegó el momento clave de la noche.
Resulta que Maxi tenía un hermano currando en la organización, por lo que portaba una pulsera vip que le daba acceso al backstage. Consiguió otra rota que se puso Encarni como pudo. Y así, uno con pulsera, otra con media y yo con ninguna, nos fuimos hacia los jurados que custodiaban la puerta del backstage. Como no resultaron ser muy celosos en su empeño, tocaron la de Maxi, la de Encarni sólo la miraron y a mi, que me coloqué lo más alejado a ellos posible, ni me miraron. Justo lo que necesitábamos para colarlos dentro.
Estuvimos pululando por las casetas de obra, que servían de camerinos a los grupos, buscando dónde podríamos obtener alguna foto, a ser posible con el tío más lejendario del festival. Esto es, el Yosi de Los Suaves. Y allí, en una de aquellas casetas, asomado al único ventanuco de ventilación estaba el canoso y ojeroso Yosi. Cómo no, agarrado a una botella de Jack Daniels. Le pedimos una foto, se negó balbuceando no sé qué de su último concierto. Pero el caso es que cuando salió por la puerta, donde lo estábamos esperando, nos abrazó y aprovechamos para tomar la buscada foto. Más que nada por hacer el paripé, no nos habíamos colado allí para ser meros vouyeurs.






Ya calientes, nos acercamos a los Die Toten Hosen y nos hicimos una foto con el cantante, Campino. Y no conformes con todo aquello, aprovechando otro despiste de los de la organización, nos subimos al escenario y estuvimos viendo las evoluciones del Yosi durante buena parte de su concierto desde la parte de atrás. Desde esa tela negra con el logotipo del grupo que oculta lo que se cuece detrás, que no es otra cosa que el trabajo de los grupos y técnicos en sacar y meter los distintos equipos e instrumental. Así pasamos el rato, hasta que pensamos que realmente nuestro lugar era en aquella marea de carne que veíamos cómodamente desde nuestra atalaya. Volvimos al recinto del concierto.







Por suerte, el Yosi no sonó tan mal como nos tenía acostumbrados en los últimos tiempos. Luego vinieron Reincidentes que tocaron temas bastante animados. Más tarde los Die Toten Hosen, que terminaron cantándose el Jartos d´aguanta con Fernando de Reincidentes. Claro está, salvo el estribillo, en alemás, que para eso es la original. Siguieron S.A. y el Noi del Sucre (antiguos Muertos de Cristo, cosa que me pilló por sorpresa y puso un broche final inmejorable, para mi gusto, al festival)

Fueron diez horas de punkrock del bueno, qué más puedo decir.




viernes 28 de agosto de 2009

3er Premio de Relatos "Sol Mestizo"



El pasado sábado, con motivo de la celebración del festival multicultural "Sol Mestizo", organizado por el grupo local de Amnistía Internacional, se procedió a la lectura y entrega de premios del II Certamen Literario, en el que resulté agraciado con el 3er Premio.
El relato en cuestión es el siguiente:





¡Fuera!


Cuando los soldados golpearon la puerta, Mohammed Salah Talib y su nieto mayor completaban un puzzle sobre la mesa de la cocina. La última pieza, una casa blanca con dos ventanas, encajó a la perfección en el paisaje global: un pueblo en cuyos prados pastaban cabras, ovejas y vacas.
«¡Abran al ejército israelí!», gritaron desde fuera.
Alarmado, el anciano tomó al chico del brazo y lo dejó en brazos de su padre, quien ya había salvado las escaleras del primer piso de un salto. Tras él asomaron sus miedos su mujer y el resto de la familia.
«¡Abran de inmediato o nos veremos obligados a usar la fuerza!», volvieron a gritar del otro lado. Esta vez, la amenaza llegó envuelta en un chirrido creciente de carros de combate.
Mohammed Salah Talib descorrió el cerrojo con mano trémula. No vislumbró otra salida, no podía permitir que el ejército hiciera de ellos mártires. Necesitaba a toda su familia allí, a su lado; con los pies afirmados sobre la tierra, sobre esa tierra seca y polvorienta de Cisjordania que les vio nacer. Cuando la puerta se abrió por completo, las ametralladoras y los fusiles de asalto le indicaron el camino a tomar.
«No pueden hacer esto, no tienen derecho a echarnos como a perros», protestó indignado.
Frente a él, sin dejar un momento de apuntar a su objetivo, el oficial al mando aplastó la intifada verbal con voz enérgica. «Esta propiedad se encuentra situada en la “Zona C”―dijo―. Ningún palestino está autorizado a edificar en esta zona sin permiso del gobierno israelí. Usted no la tiene, así que… ¡Fuera!».
Uno a uno, fueron saliendo de la casa. Mohammed Salah Talib lo hizo el último, con la cabeza humillada por el peso de sus manos y la prepotencia de las armas.
Despejado el acceso, el oficial se hizo acompañar por varios soldados. Ya dentro, al pie de la escalera, los distribuyó por toda la propiedad con un movimiento ágil y entrenado de su fusil. Tenían órdenes de registrar con minuciosidad habitaciones, sótanos y altillos.
La cocina estaba recogida y limpia. Sólo la mesa parecía haber soportado vida reciente. Extendido sobre su superficie de madera, el oficial descubrió el apacible paisaje construido con porciones de cartón. A su lado, un vaso vacío y una tetera. Sintió entonces cómo la tensión húmeda de frente, sienes y nuca se le trasladaba con urgencia a la garganta. Abrió la tetera, pero su fondo se le rebeló tan árido como la arena del desierto. Colérico, descargó la culata de su fusil sobre la porcelana. Luego hizo lo propio con la frágil trabazón del puzzle, saltando las piezas por el aire como metralla de una bomba explosionada. Al salir de la cocina para reagruparse con sus hombres, su bota derecha pisó varios fragmentos. Entre ellos el que acogía la casa blanca con dos ventanas.
«Segunda planta limpia, señor», informó el último de los soldados en llegar.
Expedita la casa, el oficial ordenó a la tropa salir. Al alcanzar el umbral de la puerta, disparó al aire: la detonación era la orden preestablecida para la intervención final.

Al otro lado de la calle, los palestinos lloraban de impotencia y desamparo en un abrazo múltiple. La sombra de un muro de uniformes los tenía confinados a escasos metros de la que hasta entonces había sido su casa. Cuando los bulldozers del ejército israelí avanzaron, Mohammed Salah Talib sintió la tierra, Cisjordania entera, temblar bajo sus pies descalzos.

jueves 11 de junio de 2009

EL GRIFO (2º Premio del XV Concurso Literario "Corpus Christi" Camuñas 2009

Después de un tiempo de sequía, un jurado benevolente vuelve a confiar en mis historias. En este caso, en Camuñas (Toledo).
Esta noche tendría que ir a recibir el premio en un recital que se organiza al efecto, pero lo tarde de la hora, la distancia y las obligaciones laborales, me impiden hacerlo. Así que no me queda otra cosa que, en vez de salir yo haciendo el paripé en un estrado, colgar una foto robada a la red de los danzantes y pecados que protagoniza las fiestas del Corpus de esta localidad.

Y para quien le apetezca, aquí va el relato




El Grifo


Me encontré al anciano sentado en una de las sillas de la cocina. Agarraba su bastón con manos trémulas, como si la empuñadura ardiera o le ocasionara pequeñas descargas eléctricas. A su lado, sobre las baldosas de barro cocido, descansaba una maleta de piel cuarteada.
No me gustaba hacer aquello. Es más, se me contraía el pecho y con él el espíritu. Pero no tenía otra salida, aquellos trances formaban parte del trabajo de psicólogo y eran competencia del equipo de asistencia social que dirigía.
Llegamos en la ambulancia a la hora estipulada. En la puerta del domicilio del anciano aguardaban un buen número de vecinos del pueblo. Ya habíamos estado en otras ocasiones, pero en ninguna se levantó tanta expectación como en esta última. Siempre hay un fin para todo, y en el caso de nuestro servicio itinerante ése era el traslado del asistido a la residencia. Las leyes del tiempo mandan sobre todas las demás, y, Fernando, el anciano de estructura herrumbrosa que esperaba sentado en una de las sillas de la cocina, ya no podía valerse por sí solo. Su tiempo en aquella casa había concluido.
―Entonces… nos tenemos que ir ―dijo con voz pesarosa.
―Sí, Fernando ―admití―. No se apure, ya verá como va a estar muy bien.
―No sé ―repuso, al tiempo que negaba con la cabeza―. Allí no hay más que viejos.
La lógica aplastante del anciano me aconsejó guardar silencio. A pesar de haber oído la frase decenas de veces, nunca conseguí encontrarle réplica. Fernando tenía razón: en el lugar al que iba sólo era posible encontrar viejos rugosos y cansados. No existen los argumentos atenuantes para el hecho de sustituir la casa propia por un geriátrico. Tampoco los tenía para pedirle que se identificara con su imagen reflejada en el espejo, porque, exceptuando a los niños, nadie se siente tan mayor como lo que le indica su propia piel, y esta sensación se incrementa exponencialmente con el transcurso de los años. Al cabo, lo cogí de un brazo y dije:
―Vamos, le ayudo a levantarse.
Salimos a la puerta de la casa y le entregué la maleta al conductor de la ambulancia. Éste abrió las puertas traseras, se metió dentro y la cambió por una silla de ruedas. Acto seguido hizo descender la plataforma en la que subiríamos a Fernando, quien detuvo el paso consciente de la inminente partida.
―¿Podría pedirle a este señor que esperara un momento?―preguntó entonces.
―Nos tenemos que marchar ya: aún tenemos que ver a más gente ―aduje. No quería que la situación, desagradable de por si, se dilatara de manera innecesaria.
El anciano se quitó la boina y la arrugó en una mano. Rescatando los ojos de una sepultura de pliegues, me miró implorante y dijo:
―Me gustaría echar un último vistazo a la casa. Sólo será un minuto.
Un sofá desvencijado, dos sillas de enea, una mesa camilla y una estantería de pared cubierta de polvo. Ése era todo el mobiliario del salón, al que había que sumar la mesita que servía de soporte a un viejo aparato de televisión. Fernando, sin cruzar el umbral de la puerta, me señaló una ventana.
―En aquella ventana me veía con Antonia ―dijo―. Cuando sus padres ya estaban acostados.
La revelación me hizo exhalar un suspiro de resignación: el anciano parecía dispuesto a acompañar su recorrido por las estancias de la casa con retales de su vida. Tuve que armarme de paciencia y asumir que si había aceptado aquel paseo era con todas sus consecuencias. Decidí seguirle el juego por educación y pregunté:
―Entonces… ¿esta casa es de su mujer? No me diga que fue llegar y…
―…besar el santo ―completó él―. Mi primer y único amor. Venga conmigo, que le voy a enseñar una fotografía de ella.
Más que seguirle, lo que hice fue conducirlo yo. Aun ayudado del bastón, el anciano caminaba con mucha dificultad. Al llegar a su dormitorio, posé la vista en el cuadro que colgaba encima del cabecero metálico de la cama de matrimonio. En él se podía ver a Fernando y a Antonia saliendo de la Iglesia el día de su boda.
―Cuando faltó casi me vuelvo loco ―dijo con voz ahogada.
La unidad posee un archivo con el historial de cada una de las personas a las que presta asistencia, por lo que estaba al corriente tanto de la viudez del anciano como de su inexistente prole. Los conceptos como “estado civil” o “descendencia” escritos así, en el papel, no son más que tinta impresa. Oírles el alma, como yo acababa de hacer con el desamparo de Fernando, sobrecogía. Tanto que sentí cierto alivio cuando éste me soltó del brazo y se dirigió hasta un armario que abrió.
―Aquí están todos sus vestidos ―fue pasándolos con la mano uno a uno.
El repaso a la casa terminó en la cocina, donde lo había encontrado. Colgó el bastón del respaldo de una de las sillas y estuvo tocando los fogones como si fueran de terciopelo. “Qué guisos hacías, Antonia”, le oí murmurar. Luego fue hacia el fregadero y se colocó de espaldas a mí. Estuvo manoseando el caño y los mandos del grifo de latón con la cabeza descolgada sobre el pecho. Pensé que se había puesto a llorar. Sin embargo, de inmediato se giró y, con mucha entereza, dijo:
―Es hora de irse.
El conductor accionó el mecanismo que hacía subir la plataforma, para luego saltar dentro de la ambulancia y asegurar la silla de ruedas en la que viajaría el anciano. Ya cerraba las puertas traseras, cuando Fernando dio un grito:
―¡El bastón! ¡Me he dejado el bastón!
Me desabroché el cinturón y, antes de abandonar el asiento del copiloto donde ya me había acomodado, anuncié en voz alta para que el anciano y el conductor me oyeran: “Ya voy yo”.
Encontré el bastón donde lo dejaron, colgado de una silla. No sé qué pudo ocurrirme, pero al sentir su tacto cálido y suave mi prisa se paralizó, como si la madera me hubiera transmitido todo el agotamiento y pesadumbre de su dueño. Comprendí entonces que una casa resume muy bien una vida, y aquellas vetustas cuatro paredes soportaban la del anciano que le acabábamos de extirpar. Las vivencias son tan efímeras como el momento que duran, luego se transforman en recuerdos depositados en objetos o en olvidos escondidos por los rincones. La ventana, la fotografía de la boda, los vestidos, los fogones… Esos eran los recuerdos que a Fernando no le cabían en la maleta. Incluso el grifo de latón, al que me aproximé sin saber muy bien la razón que me empujaba a ello.
Giré una de las llaves pero salió nada. Probé con la del agua fría pensando que quizás la compañía había cortado ya el suministro. Al abrirla por completo, las cañerías emprendieron un ronco y prolongado gemir. Al cabo, brotó el agua. Puse la mano en forma de cuenco y bebí un poco, notándola ligeramente salada. Lo creí entonces y lo creo ahora que Fernando ha muerto. Aquel día el grifo de su cocina vertió lágrimas, las suyas. Por eso no lloró cuando nos lo llevamos: prefirió que se quedaran allí, en la casa, junto a sus cosas y sus recuerdos.

lunes 8 de junio de 2009

AC/DC


Nunca había estado en un concierto de AC/DC, siempre me incliné más hacia el punk. Mal hecho. Por suerte, el viernes salí de mi error y pude acudir al Vicente Calderón con otros 60.000 chalados más. Por que eso es lo que éramos, dudo mucho que en la guerra pudiera haber más gente. Parecíamos bandadas de estorninos moviéndonos como un solo cuerpo en busca de un sitio y un litro de cerveza. Cuando los de preferencia saltaron al campo de fútbol al grito de "a la de tres", como hordas de soldados en estampida, creía que aquello iba a acabar peor que lo de Heysel. Por suerte no ocurrió nada, ni siquiera cuando todo el estadio se puso a botar con el mítico "Highway to Hell".
Las crónicas las dejaremos para los expertos, si queréis leer una, no téneis más que pinchar en el título del post.
Por mi parte, sólo puedo decir, como neófito que era, que el espectáculo (fuegos artificiales, columnas de humo y confeti y pantallas gigantes) fue memorable, la música atronadora y el personal disfrutó de lo lindo. Los de Angus todavía se lo saben hacer. Para los que disfrutamos de los conciertos en vivo, poco más podíamos pedir, quizás estar una miaja más cerca.